Renacer

Por Alex Klauer Cervantes*

Una lágrima se desliza por mi mejilla, seguida por un séquito salado incontenible. Mi mente está completamente en blanco, pero todo ha cobrado sentido. Cada pequeña pieza ha calzado perfectamente en el rompecabezas y por fin puedo ver la imagen completa. Me encuentro sin aliento ante la inapelable verdad. Y tengo miedo. Un miedo que no había experimentado previamente en mi vida, un miedo que no era paralizante, era más como la fuerza propulsora de un cambio que tardaría tres años en manifestarse.

Echada ahí en la cama, jadeaba los últimos rezagos del mejor orgasmo que había experimentado en mi corta vida, mientras mi pareja se desmontaba del dildo que yo tenía puesto y me preguntaba si todo estaba bien. Yo no podía responder, porque la única verdad que invadía mi cabeza era que yo ya no era más ella, ahora era él. Echado ahí en la cama, mi vida pasaba velozmente frente a mis ojos. Como dicen que se siente al morir, yo nacía otra vez.

En ese momento la palabra trans me era completamente desconocida, y con ella todas las vivencias que traía. Tuve que explicar, entre metáforas y anécdotas, mi sentir. Explicarle a ella, pero sobre todo explicarme a mí, que no era fantasía ni capricho. Explicarme que era real, que era posible y, sobre todo, que era natural. Desde ese momento mis noches se llenaron de lágrimas, de miedos, y ataques de ansiedad, porque sabía que no podía, ni quería, escapar nunca más de mi realidad. Significaba embarcarme en un viaje sin final.

Aún recuerdo la primera vez que compré un bóxer. Ya antes había comprado en la sección masculina: algún polo con un estampado que jamás encontraría en la zona de «damas», la ocasional polera grande para el frío, algún pijama; pero nunca me había acercado a la ropa interior aparte de la ocasional mirada de curiosidad. Tras la primera compra, me volví adicto. Tuve la suerte de que jamás fui cuestionado por los artículos en mi canasta, cada vez más llenos de nuevas prendas. Me tomé muy en serio la tarea de renovar mi armario, descartando las prendas que nunca quise usar porque no me hallaba en ellas.

Por cuestiones del destino, y algunos otros sucesos que tendrán que tomar su propio escrito, tuve que mudarme de vuelta a casa de mis padres. Con un armario completamente nuevo y miles de planes en la cabeza que, yo asumía, iban a desbaratarles sus sueños sobre mi futuro. Demoré mucho en comentarles sobre mi identidad, pero fueron pacientes. Nunca me cuestionaron, ni forzaron alguna conversación al respecto, no hasta que estuve listo. Yo había pasado todo ese tiempo buscando la mejor forma de enseñarles, de intentar hacerles comprender.

Al final, cuando por fin salieron las palabras de mi boca y el alma abandonaba mi cuerpo, mi madre pasó el día entero buscando información al respecto. Llegó a casa y conversamos sobre ello, me dijo que no entendía muy bien lo que significaba, y que los cambios que internet le dijo que tenía que hacer le asustaban, pero que me amaba a mi por ser yo, y no por cómo me identificaba o cómo me vestía; que este camino lo íbamos a recorrer juntos y que ella se iba a enfrentar a cualquiera que se atreviera a hacerme daño. Un mes después se lo dije a mi padre, él me abrazó y me aseguró que su amor por mi era infinito. Que, aunque no entendía nada, él iba a apoyarme siempre.

En ese mismo momento comprendí que era muy privilegiado y tenía mucha suerte de poder tener a la familia que tengo. Durante mi investigación me había encontrado con realidades muy duras, de muchos golpes, y muches abandonando los lazos de sangre porque se habían convertido en cadenas. Y mientras los testimonios que leía eran extranjeros, lejos de nuestra realidad latina, sabía que en mi país y mi ciudad habían muches que la pasaban igual o peor.

Por esa razón, cuando contacté con un grupo activista de mi ciudad, decidí entregarme a luchar también. Soñaba, y aún sueño, con alcanzar un mundo más justo y amoroso. Dejar este mundo un poco mejor de lo que lo encontré y, aunque nosotros no logremos disfrutar de los frutos de nuestra lucha, podamos asegurar que las siguientes generaciones vivan en este mundo sin miedo a ser quienes son. Para que cuando las piezas encajen perfectamente y puedan ver la imagen completa, sus noches no estén llenas de miedos y lágrimas.

Han pasado un poco más de tres años desde la noche en la que lo entendí todo. Seguí cambiando y creciendo; descubrí que el rompecabezas era mucho más grande de lo que pensé, sigo adicionando piezas nuevas y la imagen es cada vez más grande y colorida. Sigo descubriendo aspectos de mi identidad que antes ignoraba completamente, y aún no logro definirme del todo. Salí del blanco y negro que dominaba mi pensamiento, descubrí matices, tonos y escalas que nunca pensé que existían. A cada lado que miro se extiende un camino de posibilidades infinitas, donde una nueva parte de mi está lista y ansiosa de ser descubierta. Y ya no tengo miedo. / /

* Escritor y activista en el colectivo FTM Perú, graduado de la Academia Diversxs.

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